miércoles, 17 de agosto de 2011

la vergüenza de la mandarina





video


Hacía varios días que su naturaleza se iba muriendo, adornando la mesa. Idéntica suerte habían tenido la naranja, la pera y la manzana. Perfumando la cocina, sobre un plato de vidrio, envejecía más a prisa. Se hubiera caído sola del árbol, pero la arrancaron. Salvaría su dignidad el milagro de unas manos acróbatas que la rescatasen, o un dejo de huella tras un par de pinceladas que la retraten o simplemente que alguien, en gesto de arte la disecase para siempre. Pero, no. Ese mediodía de invierno, temblando de miedo, fue apresada por un par de dedos fríos.
-Está podrida. Ya no sirve- y se quebró su ilusión de permanencia.
Ni siquiera le fue permitido el sueño de volver al jardín. Si hasta hubiera preferido ahogar su condición de planeta indefenso, en la discreción de un océano gástrico a ese final tan desgarrado. Entre restos y lágrimas. En un tacho de basura. Con la profunda vergüenza de su corazón de mandarina. Con el destino desnudo, y sin siquiera el adios de la manzana, de la pera o la naranja…

miércoles, 10 de agosto de 2011

la cita


Llamada por teléfono. Perfume. Camisa nueva. Algunas cuadras. Calles empedradas. Congestión de tránsito. Miércoles. Cinco de la tarde. Barcito en la esquina. Mirada impaciente. Mesas vacías. Un café, dos. Llovizna de septiembre. Bocinas, gente que corre. Sirenas. Una ambulancia pasa, como arrancando el aire. El espera unas cuantas ilusiones. A unas tantas otras cuadras, ella las apreta fuerte contra el pecho y no quiere soltarlas...








video

martes, 19 de julio de 2011

cenizas



Bajo las escaleras preocupado. Tenía que decirselo?. Pensó en quemar el sobre con los leños del hogar recién encendido
-y que las cenizas obren un milagro- decretó.
Que todo diagnóstico de fín se consuma en el fuego, que no pueda una sola letra tipeada sobre el papel vencer la felicidad de los recuerdos, y que ni un solo gramo de noticia gris opaque los colores del jardín hecho de a dos.
El sol del otoño aprobaba desde la ventana, y el aroma del café con el que lo esperaba esa mañana era otro abrazo gigante de los buenos días construidos.
-buen día mi amor-ella andaba con el alma desnuda entibiando el aire, las horas, y pintando los rinconcitos de la casa.
Si no hubiera sido por ese brillo diferente en la mirada de él, quizás ella no habría preguntado:
-que pasa mi vida?-
A lo que fiel a su esencia de roca él agregó:
-cuantos cafés se sumaron desde aquella primera vez?-
Y -tantos como flores debe tener un paraíso- respondió ella, desde una tímida sospecha.
Entonces él, arropado en un silencio nuevo, la tomó de las manos, la acarició y le dijo:
-como el nuestro mi amor, como el nuestro-
Y ese día, también decidió callar. Hasta el invierno o hasta la primavera de quien sabe que año, cuando los cafes compartidos sean un poco menos que infinitos,o hasta que alguna ceniza, porque no, obre un milagro.

lunes, 11 de julio de 2011

el último pétalo

Banco de plaza. Sol de mediatarde. Ya se me esta haciendo costumbre esto de venir acá todos los días. En cualquier momento aparece el cuidador. Y es bastante molesto. Nunca me gustaron los ancianos. Vienen acá se sientan a hacer nada. Ni siquiera pueden caminar bien. Andan con bastones y anteojos para poder quejarse de todo lo que ven. Se enojan, se deprimen. No señor. Yo antes que volverme viejo me tiro de un quinto piso. No voy a permitir dejarme de emocionar con el aroma de estas flores, y menos que menos perderme esa vista de la puntita de la luna asomando. Además no se qué haría si el corazón se me volviera perezoso. Ya mismo voy a llamar a Lucrecia. La voy a invitar a ir al cine mañana a la tarde. Quiero tomarla de la mano cuando crucemos el puente. Y después traerla hasta acá mismo, pero a un banco donde no haya viejos. Y le voy a regalar una margarita. A ella le gustan tanto las margaritas. ¿No se habrá escapado de un jardín ella? Ella, que tampoco va a envejecer. Tiene la piel como pétalo. Yo sé que le va gustar tanto que me ofrezca a peinarla cada mañana. Las caricias mantienen la juventud. Y me imagino su cara cuando le diga, Lucrecia, pasamos la noche juntos?. Me voy antes que aparezca el cuidador.
Le voy a tirar el papel del caramelo así trabaja un poco ese que lo único que hace es molestar . Esta empecinado en que no le tire pancitos a los patos. Será mejor que la llame por teléfono ó le toco el timbre? Lucrecia, me acompaña al cine mañana? Es una película muy buena yo sé que le va a gustar. Y donde dejé el bastón ahora? Lo único que me falta es que tenga que pedirle ayuda a ese. Me vuelve a decir abuelo y me va a oir. Ya lo quiero ver cuando tenga mis años. Mejor la llamo por teléfono. Lucrecia, vamos al cine mañana?



martes, 5 de julio de 2011

eusebio alas


dibujo: Liniers (un grande)



Eusebio se ataba los cordones a una pata del escritorio, para no volarse. De chiquito ya le ponían zapatos con suela de plomo y una bufanda larga de colores vivos, por si se descalzaba.
- Que plumita su hijo – pronosticó la partera – va a llegar muy alto, tiene el cielo adentro.
Aunque después lo educaron cargándole de futuro los huesos y de fórmulas la cabeza. Así era el aire por aquellos días; Con más kilos de obligaciones que moléculas de oxígeno. Cuanta ausencia salvaría su destino de oruga en tanto mundo de pulmones llenos.
Esa tarde, por fin vacío, se levantó de la silla, abrió la ventana y salió a buscarla. Los informes se quedaron esperando entre musiquitas de teléfono descolgado.
Cruzando los edificios cerró los ojos y ensayo volando su poesía:
-Que los besos infinitos son la medida exacta de los milagros, y los abrazos sin aliento, el descanso del tiempo- y que también volando, se lo diría. Eusebio que se encontraba. Eusebio que se perdía.

lunes, 27 de junio de 2011

la sombra y el plumaje

Ya era inútil seguir buscándolo por el pueblo, las calles y las casas, que no eran muchas, olían a silencio, y el olfato le sugería que tendría que estar en otra parte. Pensó entonces que quizás podría encontrarlo camino a lo de Coria, cerca del cementerio. Porque a Coria le gustaban los pájaros raros, así que aceleró el paso. Y le volvió la euforia. Debería haber empezado por ahí.
Quelquito lo llamaba. Su abuelo decía que lo habían traído de un país muy de lejos y era un - nunca se acordaba qué- pero era un nombre difícil con una zeta en el medio y con plumas de tantos colores que ni el arco iris se veía mejor.
Pero Coria no estaba, y entre sus pájaros raros tampoco y rogando que apareciera se le vino la noche encima. El escalofrío le recorrió el cuerpo, cuando un viento helado de verano brotó entre las lápidas y no quiso pestañar por si acaso. La sombra, que ahora crecía desde su espalda se hizo tan inmensa que apenas pudo soltar la pregunta contenida, la que había guardado todo el día, entre la ilusión y el miedo, con el poco aire que le quedaba:
Quelquito… sos vos?

jueves, 23 de junio de 2011

habitación 33






Barrilete. Soy un barrilete. El viento en el pecho hace que te vea cada vez más chiquita. Tengo miedo que se corte el hilo. Una nube te desaparece. Ya no te veo. Hace frío. Me resquebrajo. No tengo manos para sostener los pedacitos que se me escapan. No tengo voz para gritar ayuda, todo se vacía, me vacío, me quedo quieto. Abro los ojos. Estoy temblando otra vez, como anoche, bajo un techo infinito. Sin lluvia y sin vos. Sobre un lecho de arena que una vez fuera tiempo. Con un reloj sin agujas, y una aguja que no me para de gotear.